Elezioni europee: “Il centro tiene” (“El centro aguanta”).

El día 10 de junio de 2024 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de Belén Becerril Atienza en el cual la autora opina que aunque las fuerzas centristas resisten, la consolidación de la derecha euroescéptica es mala noticia para una Europa que necesita unidad para afrontar su pérdida de peso en un mundo de gigantes.

(Fuente: Diario del Derecho-Iustel)

El centro aguanta; por Belén Becerril Atienza[1],

“EL CENTRO AGUANTA.

El Parlamento Europeo es una institución singular, única: un parlamento transnacional elegido directamente por ciudadanos de 27 Estados. Corresponde a cada uno de ellos un número de diputados en función de su población: Alemania tiene 96, España, 61, Chipre, Luxemburgo y Malta, 6. Las elecciones se celebran en cada Estado de acuerdo con algunas pautas comunes que permiten a los europeos, por ejemplo, votar en el país en el que residen.

España es el único Estado miembro que aún no ha dado seguimiento a lo acordado en la última decisión del Consejo relativa a la elección de los diputados, que fue adoptada en 2018 y que establece un umbral mínimo del 2% al 5% del voto para lograr un escaño. El PSOE se comprometió con el PNV en las negociaciones para la investidura a pactar con ellos cualquier modificación que afectase a la Ley del Régimen Electoral General. A la espera de que España adapte su legislación, la decisión adoptada por los 27 no ha entrado en vigor. Si lo hubiese hecho, el resultado podría haber sido diferente.

El Parlamento Europeo es un verdadero legislador junto con el Consejo, de manera que la Unión funciona al modo de un sistema bicameral: la aprobación de las normas requiere el acuerdo del Parlamento, que representa a los ciudadanos, y del Consejo, que representa a los Estados. Dos legitimidades que se complementan. A lo largo de los años, ambas instituciones han aprobado normas comunes que han permitido superar en gran medida los obstáculos derivados de la diversidad de las legislaciones nacionales, abriendo a los europeos un gran espacio de libre circulación del que disfrutan ciudadanos, mercancías, servicios y capitales. Un mercado interior cuyo valor ha puesto de manifiesto la desafortunada retirada británica.

Esto se ha logrado construyendo consensos, con largas negociaciones y acuerdos entre los grandes grupos políticos europeos: los populares y los socialistas, durante muchos años, y, desde 2019, cuando por vez primera no sumaron una mayoría suficiente, con un acuerdo estable con los liberales. Esta “súper gran coalición”, que ha compartido por encima de sus diferencias su apuesta por la unidad europea, ha recibido también a menudo el apoyo de los Verdes. Así ha sido en la novena legislatura, que ahora toca su fin, en la que el Partido Popular Europeo contaba con 176 escaños, los Socialistas y Demócratas con 139, los Liberales con 102 y los Verdes con 72.

El Parlamento Europeo ha contado en su novena legislatura con otros tres grupos políticos, la Izquierda, con 37 escaños, y dos grupos de derecha euroescéptica. El primero de ellos, los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), con 69 escaños, agrupaba los diputados de Vox, junto con los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni y el partido Ley y Justicia de Polonia (PiS), entre otros. El segundo, Identidad y Democracia (ID), con 49 escaños, reunía entre otros a los diputados de Rassemblement National, de Marine le Pen (RN), la Liga, y hasta hace poco, los alemanes de Alternativa para Alemania (AfD), que han sido expulsados tras unas controvertidas declaraciones de su líder.

No obstante, hay una gran distancia entre el papel jugado por ambos partidos pues sólo al segundo de ellos, el ID de Marine le Pen y compañía, los partidos centristas han impuesto en los últimos años un cordón sanitario. Tan sólo el 0,2% de las enmiendas planteadas por ID han salido adelante, a diferencia de la Izquierda, que logró la aprobación del 9%, o los Conservadores de ECR, que alcanzaron el 17% (Eumatrix.eu). Por otra parte, los votos de los tres grupos de los extremos han sido relevantes en ocasiones, en particular, cuando socialistas y populares no han votado en el mismo sentido, lo cual ocurre cada vez en mayor medida.

Las encuestas publicadas en los últimos días señalaban que los dos grupos de derecha euroescéptica podrían crecer hasta situarse en torno al 25%. Los datos conocidos al cierre de esta tribuna parecen confirmar un crecimiento, pero moderado.

Las encuestas ya anunciaban también que la suma de los tres partidos centristas alcanzaría la mayoría, por lo que cabe esperar que continúe su colaboración. Populares -que han obtenido un buen resultado- y socialistas siguen siendo los dos grupos más numerosos y están cohesionados. Además, suman mayoría en el Consejo. Juntos, populares, socialistas y liberales superarían holgadamente el umbral de la mayoría absoluta que se sitúa en 361 de 720.

Se trata de una mayoría suficiente. No obstante, hay que tener en cuenta que en los grupos políticos del Parlamento Europeo no hay disciplina de voto, de modo que cada negociación es importante. La investidura de Von der Leyen, si logra que la mayoría de los gobiernos respalden su candidatura, sería probable, pero no estaría del todo garantizada. Cada voto cuenta.

Las principales incógnitas hoy abiertas se refieren al papel que jugarán los dos grupos de derecha euroescéptica, algo en lo que la campaña se ha centrado en gran medida.

La primera incógnita afecta a la posible reconfiguración de los partidos que formaban los Conservadores de ECR e Identidad y Democracia (ID) y en particular, a la posibilidad de que conformen un solo gran grupo político. El acercamiento de Marine le Pen a Meloni y la expulsión de los alemanes de AfD a unas semanas de las elecciones ha sido interpretado en ese sentido. Sin embargo, parece poco probable que Giorgia Meloni ponga en riesgo con esta decisión un cierto reconocimiento ganado recientemente, así como su nueva imagen, más moderada y, sobre todo, menos euroescéptica. Hay también otras cuestiones, como la posición conciliadora de Marine le Pen hacia Rusia, que la alejan también de la italiana.

Tampoco está claro cuál será el destino del partido de Viktor Orban, Fidesz, que desde que abandonó el Partido Popular Europeo se ha sentado con los No Inscritos -¡al igual que Puigdemont!-, pero que podría también sumarse a los Conservadores de ERC si, de nuevo, su posición conciliadora hacia Rusia no constituyese un obstáculo insalvable. La formación de los grupos políticos europeos, que requieren 23 diputados que provengan de la cuarta parte de los Estados miembros, llevará su tiempo, pero la formación de ese temido gran grupo de derecha euroescéptica no parece probable.

La segunda incógnita relevante es en qué medida el Partido Popular Europeo podría apoyarse en algunos partidos de los Conservadores de ECR, en particular, en los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, hacia la que Ursula von der Leyen ha mostrado un acercamiento.

Teniendo en cuenta las dinámicas de los últimos años y la necesidad de contar con socialistas y liberales, no parece sencillo que la presidenta de la Comisión pueda recabar el apoyo de la italiana para su investidura, pero es posible que colaboren en mayor medida para sacar adelante votaciones a lo largo de la legislatura. Lo cierto es que los Conservadores de ECR ya han colaborado con otros partidos en la pasada legislatura, y han votado con la coalición mayoritaria en un 54% de las ocasiones. En todo caso, la decisión que finalmente tome Giorgia Meloni sobre cuáles serán sus socios en el Parlamento Europeo determinará también en qué medida continúa avanzando hacia posiciones más pragmáticas, facilitando así la cooperación con los populares.

Cabe pues concluir que gracias en gran medida al buen resultado de los populares, la “súper gran coalición” aguanta, aunque el moderado crecimiento de la derecha euroescéptica no facilitará la toma de decisiones en el Parlamento. Sus posiciones sobre el desarrollo de una política europea de seguridad y defensa o sobre la unión bancaria son muy reticentes. En otros asuntos, como la ampliación, la relación con la OTAN o con Rusia, su propia división será determinante.

En todo caso, su cuestionamiento del proceso europeo, su voluntad de renacionalizar políticas comunes y su puesta en cuestión del ordenamiento jurídico de la Unión no contribuyen a la buena marcha de la Unión Europea. También es cierto que la mayoría practica ya un euroescepticismo de salón: definen la Unión como “un club de burócratas globalistas”, pero sus programas no proponen la retirada. Es un comienzo. Pero su consolidación, con su propuesta de repliegue nacional, no es una buena noticia en unos tiempos difíciles, en los que la unidad es tan necesaria para afrontar con éxito la relativa pérdida de peso económico y demográfico de Europa en un mundo de gigantes.


[1] Profesora titular de Derecho de la Unión Europea en la Universidad CEU San Pablo.