(Fuente: Diario del Derecho-Iustel)
El día 24 de marzo de 2025 se ha publicado, en el diario ABC, un artículo de José Manuel Cajigas [1] en el cual el autor considera que si hubiera que celebrar algo sería la valentía y el coraje del pueblo ucraniano, parapeto defensivo de las libertades.
“EL ESPERPENTO DE TRUMP EN UCRANIA
Ante los atónitos ojos del mundo, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump acusó a Zelenski de estar jugando con la Tercera Guerra Mundial, y expresaba su determinación de acabar de manera rápida con la guerra; él traerá la paz. El cómo es lo relevante.
El 30 de septiembre de 1938 en Múnich, sin participación de Checoslovaquia, el inglés Chamberlain y el francés Deladier cedieron ante Göring y Hitler aceptando la anexión alemana de la región checa de los Sudetes. Chamberlain declaró que había conseguido “la paz con honor, la paz de nuestro tiempo”. Es conocido como Winston Churchill recibió a su primer ministro: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”.
En realidad, no hay nadie que desee más la paz que la propia Ucrania, el país que más ha sufrido en estos tres años. Los aniversarios son celebraciones confusas. La guerra no se celebra. Han pasado tres años y lo trágico son los días de guerra que están por venir. Si hubiera que celebrar algo sería la valentía y el coraje del pueblo ucraniano, parapeto defensivo de las libertades del mundo libre. Lo condenable es la brutal e ilegal agresión criminal de Rusia.
Se han abierto inquietantes posibilidades de terminación de la guerra en unas negociaciones secretas en Arabia, alarmantemente bien acogidas por Putin y Lavrov, satisfechos de que les regalen bazas; la escena en la Casa Blanca y la zafiedad de Vance añaden desazón. Ningún acuerdo de paz debiera negociarse sin la participación de Ucrania, con pleno respeto de su soberanía y seguridad. No caben acuerdos que legitimen o premien al agresor, por elementales principios jurídicos y humanitarios, y porque alentaría el confesado expansionismo ruso. Si no hay freno a la brutalidad de autócratas de todo signo, las minorías, los débiles, o los países pequeños, sólo pueden esperar ser pisoteados, marginados y saqueados inmisericordemente. Los países que representan las sociedades abiertas y democráticas no deben abandonar ahora a Ucrania, ni contribuir a la indignidad de admitir la vulneración impune del Derecho Internacional. Deben luchar por una paz justa.
La débil y rica Europa necesita rearmarse en todos los sentidos; ‘si vis pacem para bellum’. La fuerza bruta supone la disolución de la civilización y el derrumbe de cientos de años de avances de nuestras sociedades. El derecho es la protección del débil; la defensa de la dignidad y la soberanía de Ucrania no sólo es una barrera frente al totalitarismo agresivo de su vecino sino frente a los autoritarismos locales, espacio donde coinciden fanáticos religiosos y políticos de todo pelaje. Europa es más fuerte de lo que aparenta, pero necesitamos desesperadamente un Winston Churchill.
Los actuales dirigentes de EE.UU. usan exabruptos y baladronadas para mostrar a sus votantes un rápido cambio radical en todo, incluyendo la crisis ucraniana. ¿Cree Trump que traicionar a sus tradicionales aliados le permitirá contar con ellos en sus futuras guerras en el Pacífico? EE.UU. debe decidir si continúa o no en el bando de la libertad y la civilización democrática. ¿Los líderes europeos, tan desnortados normalmente, saben ya hasta dónde van a llegar en el apoyo solitario a la resistencia ucraniana y cuál es su futuro papel en el nuevo orden mundial? Parece que Trump y Putin lo tienen más claro, quizá acordado.
En el terrible teatro de la guerra ha irrumpido el esperpento valleinclanesco de Trump. La encerrona en la Casa Blanca con objetivos premeditados, y su eco de abrazos sin compromisos serios de los aliados europeos, deja poco margen a Zelenski. Se acerca el último acto del drama en el que todos nos jugamos mucho.
El 15 de marzo de 1939, menos de seis meses después de los Acuerdos de Múnich, la Alemania nazi invade el resto de Chequia y luego, el 1 de septiembre, Polonia, repartida unos días antes entre nazis alemanes y comunistas rusos en el pacto Molotov-Ribbentrop; empezaba la Segunda Guerra Mundial. La guerra de Ucrania acabará, seguramente precedida por un alto el fuego transitorio y largo; nadie conoce si tendremos que pasar por un cuarto aniversario pese a las prisas de Trump. Resulta vital para todos que lleguemos a celebrar el aniversario de ese final tras la derrota y castigo del agresor y el triunfo de la libertad, la justicia y los principios que garanticen una existencia segura de Ucrania. Otro desenlace ni será un final, pues se habrá elegido el deshonor y tendremos más guerra, ni será digno de conmemorarse”.
[1] Abogado e historiador.
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