DEEPSEEK VS STARGATE, ¿DÓNDE QUEDA LA CIUDADANÍA? .

(Fuente: Diario del Derecho-Iustel)

El día 3 de febrero de 2025 se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Rodríguez Prieto[1], en el cual el autor opina que el bien común ha quedado arrumbado por la hegemonía de una perspectiva, globalmente compartida, que convierte las necesidades humanas en un producto mercantil a rentabilizar.

“DEEPSEEK VS STARGATE, ¿DÓNDE QUEDA LA CIUDADANÍA?”

Vincent Mosco, in memoriam

Cuando Donald Trump presentó la alianza de OpenAI, Oracle y Softbank con el objetivo de invertir hasta 500.000 millones de dólares en inteligencia artificial (IA) sabía que mostraba una de las cartas más potentes de su recién estrenada presidencia: afianzar el liderazgo tecnológico de EEUU en el mundo. Hacerlo indudable, incluso respecto a competidores como China. A este proyecto lo denominó Stargate, como el título de una película de los 90 en la que un grupo de militares e investigadores viajan a un planeta controlado por un faraón extraterrestre con rayo láser rodeado de siervos ingenuos. Ignoramos si Trump la ha visto, pero desde luego la elección del nombre da qué pensar.

La presencia de los tecnoligarcas en la jura del presidente, en circunstancias que emulaban la célebre instantánea que años antes habían protagonizado con Obama alrededor de una mesa, constituyó una señal inequívoca de que el America First desborda cualquier interpretación reduccionista. Se trataba de desarrollar una hegemonía incontestable aunando clasicismo -aranceles o posible expansión territorial- con músculo en chips, internet de las cosas (IoT) e IA. Lo que sucedió el pasado lunes 27 en las Bolsas trasciende las páginas de economía para ser uno de los hechos geopolíticos más destacados de nuestro tiempo.

El capitalismo nos ha acostumbrado a las burbujas. Lo que un día sube al otro baja, y así se generan los grandes saltos de acumulación y sus crisis cíclicas. Como me decía un amigo, los inversores han pensado que compraban un portaaviones y se han dado cuenta de que en realidad era una patrullera.

Una semana después de su irrupción en Apple Store, la startup china DeepSeek con su asistente de inteligencia artificial gratuito superó en descargas a su rival estadounidense ChatGPT, desarrollada por Open AI. DeepSeek ha mostrado unas capacidades similares con unos recursos muy inferiores gracias, entre otras técnicas ya conocidas, al aprendizaje por refuerzo. Además, mientras que la primera optó por el open source (código abierto), la segunda cambió a un modelo de código cerrado. Así, los usuarios de DeepSeek pueden acceder al código fuente, lo que redunda tanto en su transparencia como en la posible detección de fallos y realización de mejoras. De esta forma, se desarrolla de forma mucho más dinámica. Este modelo no está exento de riesgos. Con el código cerrado, las empresas ejercen un control completo y evitan posibles daños, a la vez que se benefician de una financiación estable, como es el caso de la estadounidense Open AI.

Resulta llamativo que una empresa china se haya situado con este movimiento en la vanguardia de la transparencia y haya optado por la cooperación de los usuarios. No se puede tampoco pasar por alto la ventaja competitiva que esta opción otorga al país asiático, donde las decisiones se toman con bastante cuidado, retrocediendo cuando surgen resistencias y avanzando cuando desaparecen los obstáculos. Todo ello con un enfoque muy propio del largo plazo y una idea confucianista de la armonía. Por consiguiente, es lógico pensar que el momento elegido y la circunstancia en que se ha producido no puedan ser producto de la improvisación o de la mera casualidad.

Precisamente, la armonía es algo que no parece habitar, de momento, en el otro lado. Por si faltaba algo, Elon Musk se encuentra inmerso en una batalla judicial contra el CEO de Open AI, Sam Altman. Las desavenencias se iniciaron con la salida del primero de la compañía por su desacuerdo con la entrada de Microsoft. Musk pensaba que la corporación, a la que financió en sus inicios, no debía tener afán de lucro.

Existe la sensación en la opinión pública de que alrededor de Trump hay un conflicto de egos. Más allá de impresiones psicológicas, que tienden a declinar cuando de lo que se trata es de arreglarse para ser aún más ricos, sí se podría afirmar, sin temor a equivocarse demasiado, que estos tecnoligarcas no están muy acostumbrados a competir en el mercado y siempre prefieren mantener una posición dominante.

La revolución neoliberal de finales del siglo XX benefició a los gigantes de internet por crecer en un contexto desregulatorio que permitió una rápida concentración en los nuevos sectores. De hecho, hasta mediados de los años 80 se consideraba, en general, ilegal que las grandes empresas adquirieran su cadena de suministro. Tan habituados están a un ecosistema en el que simplemente compran toda empresa que despunta y que pudiera ser un competidor futuro, que les ha faltado tiempo para buscar la protección del nuevo presidente, mientras señalan a Europa por la regulación adoptada en lo que concierne a servicios y mercados digitales, datos e IA. Y en eso, llegó China con su IA.

No es algo que les haya cogido totalmente de improviso. Ya en mayo de 2023, un grupo de expertos en IA -varios de ellos fuertemente ligados a las grandes empresas del sector, entre ellas, Google- nos advertían de consecuencias indeseadas que esta tecnología podía tener. De su diagnóstico parecía derivarse un indisimulado temor al gigante asiático. Como es habitual, se identifican los posibles efectos, pero jamás las causas. Las mismas empresas que se resisten a una regulación real de la Red o que la incumplen sistemáticamente pagando multas, proporcionalmente suaves para sus ingentes beneficios, realizaban un diagnóstico de acuerdo con los intereses de sus accionistas y geoestratégicos, vinculados a sus acuerdos con Gobiernos.

Como todo en internet, desde que la Administración Clinton la abrió a usos comerciales, falta el debate que vincule esta tecnología con ideas como la democracia o los derechos humanos. El bien común o el interés ciudadano han quedado arrumbados por la hegemonía de una perspectiva, globalmente compartida de Occidente a Oriente, que introduce cualquier desafío dentro de las coordenadas de la racionalidad instrumental y convierte las necesidades humanas en un producto mercantil que hay que rentabilizar. La ingente cantidad de plusvalía en red extraída de nuestros datos y de nuestro trabajo gratuito es el motor de este cambio. Por no hablar de la vigilancia y el control que es posible realizar de los ciudadanos gracias a lo que preguntemos a la IA.

Esta acumulación y procesamiento de datos (big data) puede llegar a ser el instrumento más invasivo de nuestra privacidad -junto al IoT y al propio internet- a lo largo de la historia. No obstante, lo peor es comprobar que, de momento, no se ha puesto seriamente sobre la mesa la discusión sobre el lugar de la ciudadanía en esta revolución tecnológica. Y la IA no es la excepción.

En la película mencionada al inicio, los siervos del planeta viven engañados pensando que sirven a dioses, cuando en realidad son humanos, cosa que descubren cuando le quitan el casco a uno de los guardianes. Las relaciones de poder son muy viejas, por mucho prefijo tecno con el que se cubra o mitifique. En días como estos, echamos de menos a maestros como Vincent Mosco, quien nos alertó de que el ciberespacio es un espacio mítico que fortalece los tres grandes mitos de nuestro presente: el fin de la historia, de la geografía y de la política. Todos ellos deberían relacionarse con el desarrollo de tramas de dominio. De no hacerlo, pueden hacernos olvidar los procesos, sus causas y, sobre todo, nuestra capacidad como seres humanos de intervenir a favor de intereses mayoritarios y decidir colectivamente nuestro futuro. Veremos”.


[1] Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla.